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Un bocadillo de angulas

Por Jon Igual Brun   /     13 de enero de 2016  /     Vida diaria  /     , , ,

Lo primero que aprendí a cocinar fue un huevo frito. Lo recuerdo perfectamente. Al principio, cada vez que me ponía manos a la obra, pringaba todo de aceite y la yema siempre se me rompía. Era un desastre. Pero no desistí en mi empeño y, a costa de quemaduras y rayar sartenes, fui depurando mi técnica hasta volverme un experto en el delicado arte de freír huevos. Llegué a disfrutar el cocinarlo tanto como el saborearlo. Muchas veces, cuando volvía del instituto a comer a casa, antes del postre me freía uno. Entre la merluza rebozada y el yogur. Mis padres no andaban por allí para controlarme, así que daba rienda suelta a mi vicio sin ningún tipo de pudor. En ocasiones, incluso llegaba a tirar a la basura el segundo plato para sustituirlo por un huevo frito. Sí, alcancé niveles enfermizos. No dejé de consumirlos en abundancia ni cuando a la gente le dio por decir que subían el colesterol. Y es que a la gente le encanta hablar. Sobre todo cuando no tiene ni idea de lo que habla. No es que yo supiera más, simplemente estaba dispuesto a sacrificar mi salud.

Hoy en día me controlo un poco, por eso de mantener una dieta equilibrada, pero es un plato que siempre está presente en mi cabeza. huevo_fritoEl otro día concretamente, cuando me paré enfrente de una pescadería y vi que un kilo de percebes podía llegar a costar doscientos noventa euros, pensé en lo rico que está un huevo frito. Y la de huevos que podría comprar por ese dinero. «Me vas a comprar un huevo frito con unos percebes, o unas angulas» me dijo más tarde un amigo con el que compartí mis reflexiones. Que son cosas distintas ya lo sabía yo, pero de la misma forma que un plato de macarrones no es lo mismo que uno de lentejas, o un melocotón se diferencia de una pera. Ahora bien, lo mires por donde lo mires, que una cosa esté más rica que la otra es discutible. Lo sé, muchos diréis que no tengo ni idea de lo que hablo. Y no os falta razón. Pero personalmente, si me regalasen un kilo de angulas, las vendería y me compraría una docena de huevos camperos, e invertiría los más de seiscientos euros que me sobran en algo más productivo. Como bajar al bar y sacar rondas hasta emborrachar a todos los tertulianos que tuviesen la suerte de encontrarse allí. (Columna completa en VozEd).

4 Comments

  1. Macondo Says: 13 enero, 2016 5:26 pm

    Si fuera condenado a comer solo una cosa durante un tiempo elegiría el pan. Si el juez fuera comprensivo y me dejara añadir algo más a la dieta, incorporaría los huevos fritos donde untarlo. Aborrecería mucho antes las angulas.
    Un abrazo.

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  2. Holden Says: 13 enero, 2016 7:58 pm

    Me trae Macondo a leer tu post porque dice que lo que escribí le hizo recordar esto, y ¡qué razón tienes! No me vas a comprar unas angulas o percebes con unos magníficos huevos fritos con patatas, joder. Sería un crímen. Muy fan de venderlo y bajarse al bar a emborrachar a los parroquianos, voy a ver si me entero de que bares frecuentas, por si acaso.

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    • Jon Igual Brun Says: 13 enero, 2016 9:56 pm

      Casi hago el post de las patatas fritas, fue lo segundo que aprendí a cocinar.
      Por cierto, frecuento demasiados, si tú también seguro que nos cruzamos por alguno, aunque vivamos en ciudades diferentes 😉

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