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El placer de comer insano

Por Jon Igual Brun   /     13 de enero de 2015  /     Vida diaria  /     , , , ,

Si no fuese porque no creo en dios, diría que dios nos creó con un poco de mala leche. No me refiero en el sentido profundo de la existencia. Que también. Me refiero a algo mucho más superficial, a nuestro cuerpo humano propiamente dicho. El recipiente de nuestro “yo”, si es que tal cosa como el “yo” existe. Ese recipiente al que tanto le gustan los alimentos calóricos e insanos. Ese cuerpo que disfruta comiendo chocolate, huevos fritos con patatas fritas, alubias con chorizo, morcilla y tocino. ¿Para que crear tales placeres si atiborrarse de ellos es malo para la salud? Es como tener un coche que puede alcanzar los 280 kilómetros por hora, pero solo está permitido ponerlo a 120. La tentación está ahí, a todas horas, y seguramente acabes sucumbiendo a ella. ¿Por qué no sentiremos fascinación por la berza o el brócoli? Porque, sencillamente, estamos mal hechos.

Todo esto viene a cuento de que intento comer un poco mejor después de los típico empachos navideños. Todo un clásico. No es que una profunda reflexión sobre la condición humana me haya motivado a escribir estas líneas. Simplemente me fastidia que si te “estás cuidando”, se supone que no puedes comer un bocadillo de jamón serrano al salir de trabajar, con todo ese pan y esa grasa, y tienes que conformarte con una mandarina. Que no está mala, pero cuando te entra el hambre voraz, la mandarina no es suficiente. No calma las ansias. Lo que apetece es una palmera de chocolate rellena de nata. O un sandwich vegetal de esos que tienen huevo cocido, atún, jamón york y mucha mayonesa. Sin lechuga, por favor. Hemos concebido alimentos tan suculentos como la pizza cuatro quesos, para después descubrir que no es sano. ¿Qué clase de mundo injusto es este?

Sería estupendo que nuestro cuerpo lo aguantase todo. Imagínate. Poder comer croquetas, lasañas y tartas de chocolate todos los días sin miedo al colesterol, la acidez o la obesidad mórbida. Puestos a fantasear, si el cuerpo lo aguantase todo,donuts insanos podríamos beber cerveza fresquita todos los días. Y gin tonics. Adiós resacas. Adiós preocuparse por el hígado. Qué maravilla. El otro día leí una noticia sobre una fiesta rave clandestina que comenzó en noche vieja y se alargó cinco días. Se ve que se les lió el asunto. Salieron a tomar algo para celebrar el año nuevo y, oye, que estaban a gusto. Lo primero que pensé es en la monumental resaca que tendrían los pobres al terminar. Si yo me encuentro mal después de una cena y un par de copas, no me quiero ni imaginar como te debes de sentir después de cinco días de fiesta ininterrumpida. Pero, en un mundo ideal donde nuestros cuerpos estuviesen bien hechos, no existiría ese problema. De hecho, ni siquiera estarían mal vistos ese tipo de excesos. ¿Por qué deberían de estarlo si no tienen ninguna consecuencia negativa para tu cuerpo? Podrías pasarte cinco días de fiesta y después volver a tu rutina tranquilamente. Fresco como una rosa, sin ningún cargo de conciencia. En la comida de reyes, cuando tu suegra te preguntase que tal la noche vieja, podrías responder alegremente “muy bien, cené con la familia, y después estuve en una fiesta que duró cinco días, drogándome y bebiendo sin parar”. “Qué bien”, respondería ella, sin retintín, casi con desinterés, para después añadir “pásame la sal, por favor”. Fin del asunto.

Claro que, si los excesos no fuesen malos para la salud, entonces ya no serían excesos, y seguramente no los disfrutásemos tanto. Así de mal hechos estamos. Como no tengo nada mejor que hacer, me imagino otra posibilidad. Que las cosas correctas fuesen las más divertidas y emocionantes. Las que le ponen sal a la vida. Comer verduras cocidas, por ejemplo. O madrugar para llegar a la oficina el primero y adelantar trabajo. A lo loco. Y las cosas que se supone que son malas fuesen, además, aburridas. Las comidas calóricas, las drogas o el sexo sin control. Qué coñazo. Me esfuerzo en concentrarme en esa idea mientras pelo una mandarina a media mañana. Intento sentirme emocionado ante la perspectiva de comerla. Intento proyectar en ella las ganas que tengo de comerme un pintxo de tortilla de patata. Por supuesto, no funciona. Sin duda, dios nos creó con un poco de mala leche.

9 Comments

  1. Carlos Says: 13 enero, 2015 12:00 pm

    a esta hora y me hablas de pintxos de tortilla…
    ¡Me voy a por un pintxo!

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  2. sugus Says: 13 enero, 2015 2:11 pm

    lo bueno, y curioso.. es que te has llevado una mandarina y no un bocata de jamón….
    hay gente que no sabemos llevar mandarinas..

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  3. sara Says: 13 enero, 2015 2:39 pm

    Soy súper fan del brócoli, la berza y la coliflor…de verdad te digo (y no es broma) que prefiero mil veces un plato de verdura a uno de carne (el tema de comer carne lo dejamos para otro momento no?) pero tb te digo que si no cometemos algún exceso de esos no seriamos felices jajaja una buena pizza es un puto manjar y no te digo del huevo con papas y alcachofas que me acabo de meter…..todo con cuidado y sin abusar es posible!!! No te amarges con tu mandarina jony! Las ecológicas del eroski están de muerte!!!jajajaja

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    • Jon Igual Brun Says: 13 enero, 2015 6:50 pm

      ¡Qué suerte la tuya Sara!
      Por supuesto, pecar peco muchas veces. Y seguiré haciéndolo. Solo intento no hacerlo tan a menudo 😉

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  4. Canela y Naranja Says: 22 mayo, 2015 5:31 pm

    Joder, nunca lo había visto así. A la mierda el sentimiento de culpa post donut. El problema no es mío, es que no nos hicieron bien, claro que sí.

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