Sígueme

Mi primera maquinilla de afeitar

Por Jon Igual Brun   /     13 de noviembre de 2014  /     Vida diaria  /     ,

Soy de los mejores clientes del gimnasio al que estoy apuntado, estoy seguro. Llevo más de tres meses sin ir y, teniendo en cuenta que me apunté hace seis, el cómputo global no es muy prometedor. No es la primera vez que me pasa, y sé que no soy el único. Estoy seguro de que la lista de socios está repleta de gente que paga pero que no va. Ilusos llenos de buenas intenciones que las dos primeras semanas no perdonan ni un día, pero que poco a poco se desinflan. Y, en esto de los gimnasios, la intención no quema calorías. Más bien al contrario, muchos michelines están repletos de intención, además de jamón y pintxos de tortilla. Lo mejor de todo es que seguramente siga pagando unos cuantos meses más hasta que por fin vuelva a darme cuenta de que esto del deporte no es lo mío.

Hay días en los que tengo esperanzas, claro. Si no, no seguiría pagando. En esos días me digo que si, que mañana empiezo con mi saludable rutina, confecciono detallados planes de ejercicio en mi cabeza y me meto a la cama satisfecho, casi exhaustmaquinilla-de-afeitaro. Como si hubiese ido a una clase de spinning. Pero muy en el fondo, en ese sitio de nuestra conciencia donde no nos gusta mirar, sé que no lo voy a cumplir. Como cuando de niño te preguntaban si habías ordenado tu habitación y, mecánicamente, respondías que lo harías mañana. Tanto la pregunta como la respuesta podrían considerarse retóricas. Sabías perfectamente, al igual que tu madre, que no tenías ninguna intención de hacerlo mañana. Y la escena se repetiría hasta que un día te llevases un rapapolvo y, de mala gana, escondieses todo lo que había por el suelo en algún rincón del armario.

En esto del deporte no hay términos medios. Estamos los vagos y dejados, y están los que parece que viven en el gimnasio. De esos también conozco algunos. La cosa suele empezar igual, con la intención de mantenerse en forma, pero en estos casos la intención se cumple. En un par de meses, lo de “mantenerse en forma” evoluciona a “moldear los músculos”. Y, para cuando te das cuenta, el esmirriado ese al que pegabas collejas en clase pasa a tener un brazo más grande que tu muslo. Tuve un compañero de piso que sufrió uno de estos cambios. Y fue más allá. Evolucionó de “moldear los músculos” a “culto al cuerpo”. Cambió su dieta de pizzas precocinadas y bocadillos de chorizo por arroz blanco y pechugas de pavo. Paseaba su musculoso torso desnudo por casa, y nos hacía sentir a los otros tres compañeros de piso unos mierdas. El muy canalla consiguió que nos sintiéramos culpables incluso por beber cerveza. Un día el cuarto de baño empezó a aparecer lleno de pelos, y nos confesó que había empezado a depilarse todo el cuerpo. Sorprendidos por tal revelación, le preguntamos como lo hacía. Nos dijo que se pasaba la maquinilla de afeitar que había en el baño. Nos miramos preocupados. Todos compartíamos la misma maquinilla de afeitar, de hecho, nadie sabía a ciencia cierta de quién era. ¿Pero te depilas todo el cuerpo? ¿Todo, todo? Preguntamos, temiendo la respuesta, intentando recordar cuando fue la última vez que pasamos la maquinilla por nuestras caras. Claro, dijo tan tranquilo, no me dejo ni un pelo.

Y así fue como decidí comprarme mi primera maquinilla de afeitar.

2 Comments

  1. Toro Salvaje Says: 18 noviembre, 2014 5:56 pm

    Joder que ascazoooo , jajajjajajaj

    Muy bueno.

    Saludos.

    Responder

Publicar Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*