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Pardillos un poquito más sabios

Por Jon Igual Brun   /     18 de Septiembre de 2014  /     Vida diaria  /     , , ,

Ayer iba yo en el metro cuando entró una chica hablando por teléfono a gritos con una amiga. Saltaba a la vista que necesitaba desahogarse. Procuraba concentrarme en mi ebook cuando, no sé a cuento de qué, soltó la típica frase de “no se que pasaría si no fuera por mi”. Si no fuera por ti, todo seguiría igual pero sin ti, me dieron ganas de decirle. El planeta seguiría dando vueltas, el PP volvería a ganar las elecciones, las personas seguirían levantándose cada mañana, desayunando café con tostadas, yendo a trabajar. Bueno, lo de yendo a trabajar no todas las personas. Vamos, que lo que me hubiese gustado transmitirle es que nadie es imprescindible. Pero aunque hubiese tenido el valor de decirle algo, lo más seguro es que no lo hubiese entendido.

Porque lo de que “nadie es imprescindible”, por muy trillada que esté la frase y lo hayamos escuchado mil veces, es algo que se aprende con la práctica. Necesitas vivirlo en tu propia piel alguna vez para asimilar el concepto. Como cuando tu abuelo te decía aquello de “tu no sabes lo que es pasar hambre” porque te negabas a comer el maldito puré de verduras. “A ver si se cree el viejo este que es el único que ha tenido hambre alguna vez”, pensaba enfadado con mi lógica de niño que lo ha tenido todo. Claro que yo no tenía más que abrir la nevera para resolver el problema. Él se refería al hambre de la cartilla de racionamiento y las sopas bobas, algo imposible de entender a no ser que hayas vivido en la España de la posguerra.

Recuerdo con cariño el día que comprendí de verdad que nadie es imprescindible. Vivía yo por aquella época en Dublín, tierra de pubs y verdes praderas. Hacía una semana había cumplido un año trabajando en una empresa irlandesa bastante granCervezas brindisde. Estaban muy contentos conmigo, me dijeron, tenía un gran futuro por delante, me dijeron. Yo tenía veintipocos años y era un pardillo, y como cualquier pardillo me sentí complacido e importante. A la semana siguiente despidieron a más de cien empleados. Yo entre ellos. En un principio que despidieran a tanta gente alivió un poco el daño causado a mi autoestima. Así de mezquino es el ser humano. Pero luego pensé que cien personas son muchas personas y hacen mucho trabajo. Equipos enteros se habían ido a la mierda de un plumazo. ¿Qué carajo habíamos estado haciendo hasta entonces? Tantos días madrugando, esforzándote en el trabajo, alegrándote por terminar a tiempo alguna tarea, y de un día para otro nada de eso tenía ningún valor. Me envolvió una incómoda sensación de vacío, y de pronto me vino a la cabeza eso de “nadie es imprescindible”. Clack. Lo había oído, incluso lo había dicho en alguna ocasión, pero hasta ese momento no lo había comprendido de verdad.

Pasado el susto inicial, nos juntamos unos cuantos pardillos de veintipocos años y a las once de la mañana nos plantamos en un pub irlandés. Aún hoy no recuerdo como salí de él. Tras la primera pinta las dudas existenciales pasaron a un segundo plano. Dos pintas más y ya había decidido que con la indemnización del despido me iría a viajar unos meses por Asia. Después todo se vuelve borroso. Borroso pero alegre. Carcajadas de pardillos de veintipocos años que aquel día se hicieron un poquito más sabios.

6 Comments

  1. Darío Ruido Says: 18 Septiembre, 2014 9:44 pm

    Escribís sobre lo obvio (quién no), pero lo hacés con una exquisitez que te distingue. Tus reflexiones conmueven. Un abrazo.

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  2. sugus Says: 23 Septiembre, 2014 12:56 pm

    no hay nada como darse de bruces con la realidad.. cuesta aprender que somos prescindibles.. pero es que además, no nos gusta saberlo…

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  3. Charly Says: 25 Septiembre, 2014 1:40 pm

    Joni eres I M P R E S C I N D I B L E

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